Alrededor de la silla y de la mesa, el suelo está sembrado de bolas de papel arrugado. Ella frunce el ceño; la punta de la lengua le asoma entre los labios. El ruido del lápiz desvirgando cada nueva línea y un “mierda” apenas susurrado es lo único que se escucha en la habitación. De vez en cuando, al arrancar otra hoja y arrugarla, el silencio se queda esperando en el umbral, conteniendo la respiración hasta que todo termina y una vez más puede volver a conquistar la estancia.
De pronto, sin que nada lo hubiera augurado, alguien llama enérgicamente a la puerta. Ella da un respingo en su silla y se le escapa el lápiz de la mano. Va a parar debajo de la mesa. Se pone en pie, sorprendida de que su visitante no haya utilizado el timbre. Se pasa una mano por el pelo, se asegura de estar presentable y abre la puerta interceptando con su cuerpo la entrada a la casa.
- Muy buenas, señorita, ¿le importa si paso? Tengo que hablar seriamente con usted – el sujeto parece airado, mira fijamente a los ojos al hablar y está parado frente al umbral con los brazos en jarras.
- Hombre, si al menos supiera quién es usted podría valorarlo…
- ¡Ah! Pensé que me reconocería. No sé cómo presentarme: soy su personaje, pero como no ha tenido a bien ponerme nombre todavía pues no sé qué decirle. ¿Me lo podría decir usted?
- Ahm… – ella miró al techo, vacilante, y el sujeto aprovecho la distracción para meterse de cabeza como una tromba de agua, apartándola a un lado con el brazo – ¡Oiga! ¡Pero qué libertades se está tomando usted! Será mi personaje pero todavía no le he dicho que puede pasar.
- Señorita, es que lo está usted haciendo todo mal y vengo porque ya estoy harto. Encima no me haga esperar tres horas en la puerta que hace mucho calor. Por cierto, tengo sed, ¿sería mucho pedir un agüita con gas?
- Sí, sería mucho pedir, tengo agua corriente, si le sirve…
- Bueno, si no hay más remedio. Es que verá, las piedras en el riñón que me ha regalado usted tan amablemente me traen por la calle de la amargura y me han dicho los médicos que beber agua con gas me ayudará.
- Vaya, lo siento… – mientras va a la cocina a por el vaso de agua para su invitado comienza a sentirse culpable. Le entrega el vaso al visitante con la cabeza gacha – No era mi intención…
- Ya, bueno, el caso es que yo quería venir personalmente a comentar la situación con usted. Esto empieza a hacerse insostenible.
- ¿Pero cuál es el problema? Yo pensaba que estaría usted encantado de que le hubiera inventado para mi primera novela. Debería sentirse halagado incluso.
- ¡Sí, claro! Si usted no hubiera tenido inconveniente en escribir una historia un poco más convencional estaría encantado. Pero el caso es que está usted escribiendo un bodrio. Y es insufrible, señorita.
- Bueno, no se extralimite, caballero, usted está aquí en calidad de subordinado, en cierta manera, yo soy su jefa y debería tenerme cierto respeto. Además, es mi primera novela, jo… – ella se deja caer junto al personaje mientras dibuja un mohín infantil en sus labios.
- ¿Jefa? ¡Qué desfachatez! – resopla como tratando de sacar fuerzas de flaqueza – Y no, eso no es excusa, porque a usted no le falta calidad, pero escribe como una loca, sin ton ni son, y así no vamos a ir a parar a nada consistente. Señorita, tiene usted que ser más consecuente.
- Ya, ya, es que soy un poco perezosa y…
- ¡Y nada! Si le dijeron que tenía que hacer un esquema, ¿por qué escribe sin hacerlo? A ver, ¿dónde está mi ficha de personaje?
- Es que no la tengo….
- ¡Ajá! – grita él poniéndose en pie de un salto – Ya sabía yo que algo no estaba funcionando aquí. ¿Soy el único personaje de su novela y no tengo ficha de personaje? No me extraña entonces que no tenga nombre. Esto no es serio, señorita. Vamos, coja papel y lápiz.
- ¿Qué vamos a hacer? – se levanta, algo contrariada pero acatando las órdenes.
- Vamos a hacer lo que usted no ha hecho hasta ahora: describirme. Señorita, yo ahora mismo soy un personaje plano y estoy harto. Porque tengo sentimientos, y vicios, y miedos, y fobias, y pasiones. Y usted me está cosificando, ¡me está pasando por alto!
- Bueno, tranquilo, que tampoco hay para tanto. Creo yo, vaya.
- No, señorita, no me tranquilizo, imagínese que usted quiere abandonar a su marido y alguien, un demiurgo esquizofrénico, pone en sus labios palabras que no quiere decir y le hace actuar como no querría, ¿cómo se sentiría? Fatal, ¿verdad? Pues así estoy yo. Que no levanto cabeza.
- En fin, no pensara que fuera a afectarle tanto, la verdad. No era mi intención.
- Ya, ya, no es su intención, pero cada vez que borra y tacha, yo sufro una crisis de identidad de caballo. No vea cómo estoy del estómago por los ansiolíticos y los antidepresivos.
- ¿Está tomando antidepresivos? – pregunta ella con los ojos como platos.
- Pues claro. Cómo si no iba a soportar estar casado y al minuto siguiente ser un solterón empedernido, trabajar en una oficina y al cabo de un instante no tener trabajo, cambiar de neurótico a atáxio en menos de lo tardo en contárselo. Me está usted haciendo pasar un infierno, señorita.
continuará…..
Me encantó.. Metaliteratura… estos malditos personajes ¿qué se creen que son? Eso si no olvide que los personajes no cobran vida a no ser que el esquema esté mal hecho.. je je je
…hoy en día, se revelan hasta nuestros propios personajes…, pues todos tenemos dos personajes en la vida, y sufrimos en cierta medida un síndrome de doble personalidad…imaginaros que la segunda personalidad (siempre la maligna) se pone a discutir con NOSOTROS MISMOS…si es que…a dónde va a parar el mundo…
Todo un éxito esta primera parte, hay que agradecer a gente que dedica su tiempo a compartir sus ideas y pensamientos con los demás…
P.D. Esperamos una segunda parte…
¿que es un “atáxio”?
No sé que es más cruel; si no darle identidad al personaje o hacer trabajar a la escritora con papel y lápiz al margen de las nuevas tecnologías. Eso sí que debe joder.
Enhorabuena por tu nuevo rincón. Interesante, como era de esperar.