1 Llamada perdida

8 09 2008

Sumo. Resto. Hago reglas de tres. Logaritmos neperianos. Da igual la fórmula que aplique. Siempre me resulta lo mismo. Tu número de teléfono. Maldita sea. Está por todas partes. Chorrea por las paredes. Salpica las ventanas. Embardurna mis manos. Da igual lo que haga. Es indiferente cuántas veces me duche. Si multiplico el número de veces que he suspirado hoy tu nombre por el número de pasos que he dado alrededor de la manzana donde se encuentra el edificio de tu casa resulta tu número de teléfono. Si otorgo un valor numérico a las letras del alfabeto atendiendo al lugar que ocupan en el mismo y juego a averiguar qué número resulta del sumatorio global de las palabras de consuelo de mis conocidos, adivinas qué obtengo. Exacto! tu número de teléfono. Ni siquiera me lo sé de memoria. Sólo lo miro a veces cuando me pregunto porqué, atendiendo a todas las veces que ha sonado mi móvil estos días, ninguna ha sido producida por ése número en concreto. Porqué otros números han volado a través de los caminos invisibles que fluyen hacia mi aparato telefónico, haciendo aparecer otros nombres en su pantalla, mientras que tu inicial permanece muda en mi agenda de contactos.

A veces selecciono tu nombre en la lista. Lo dejo en pantalla. Y pongo el teléfono sobre la mesa. Y ahí, sentada en el sofá, agarrándome las piernas con los brazos, le infundo ánimos, le amenazo, ejerzo sobre él todo el control mental que se me ocurre. Pero nada. Nada resulta. Todo es vano. Suenan otras músicas, otros anuncios, pero tu sintonía especial, tus palabras no llegan a través de hilo invisible que podría situarnos un poco más cerca.

Pienso entonces que podría llamarte yo. Estoy a un simple apretar-ese-botón de poder hablar contigo. Tu número está en pantalla. Sale tu foto. Y tu inicial. Acaricio el botón que tiene un auricular verde dibujado. No puedo. No debo. No hay que contravenir las órdenes específicas que le dan a una. Si lo haces, deberás atenerte a las consecuencias. Que de seguro serán peores que esta incertidumbre. No podría soportar que no me lo cogieras. Porque en tu pantalla también aparecerá mi nombre. Y sabrás que es un camino por el que puedes decidir caminar más tarde. O no caminar a fin de cuentas.

Así que sigo mirando tu inicial en la pantalla. Y la foto de un día que creo que nos lo pasamos bien. Creo que fue aquel día en el que tras un número incalculable de cervezas (si lo pienso, seguro que el número que resulta es tu teléfono) empezamos a hablar de música. Y tú ponías una canción tras otra. Me invitabas a bailar. Pero yo nunca he bailado porque me da vergüenza. Así que recuerdo tu mano allí tendida al vacío mientras yo me negaba a lo que sería tu última petición de baile. Sin saberlo. De haberlo sabido, habría bailado. Probablemente hasta hubiera instalado un modesto campamento y me hubiera quedado a vivir. Pero rechacé salir a bailar.

Mi teléfono se ilumina. Hace el ruido de un timbre raro y aparece un sobre pequeño dibujado por ahí. Alguien quiere que salga. O que entre. O que me anime. Qué sé yo. Me da igual. Tiro con furia el teléfono. Me aseguro de que el gesto sea iracundo pero sobre el sofá. No querría que mi angustia creciera de una forma exponencialmente proporcional al número de esquirlas en qué podría romper la pantalla si quisiera. No quiero. No puedo quemar los puentes por los que quiero verte aparecer. Sería ilógico.

Como el corazón me late por minuto tantas veces como suma tu número de teléfono, decido acabar con mi agonía. Llamaré. Si lo cojes, abriremos fuego mutuo y o nos matamos o llegamos sanos y salvos al descanso y firmamos una tregua. Si no lo cojes, quizá me quede escuchando los tonos hasta el final, hasta que el teléfono, en su única forma de darme consejos, corte la conexión para que deje de ponerme en ridículo. O a lo mejor salta el contestador y yo puedo dejar que suene “Gloomy Sunday”. O podría dejarte un alegre mensaje que borrarás sin escuchar. O no sé.

Garabateo todos los números de tu teléfono en un folio. Los cambio de orden. Hago pictogramas. Palíndromos numéricos. Encuentro significados cabalísticos. El número del portal de tu casa. Mi código postal. Tu edad. Mi número favorito. Los pasos que hay desde la parada del metro hasta el bar donde quedábamos. Los vasos de sangría que bebimos el día que nos conocimos. El número de días que hace que no te veo….

Marco uno por uno los dígitos de tu número. Despacio. Como un ritual. Como la demora del que no quiere llegar y disfruta del paseo. Con los nueve número en pantalla, exhalo una bocanada de aire que cae pesada como una piedra y aprieto el botón de “llamar” como quien pulsa el botón que liberará la bomba atómica. El teléfono se convierte en tu inicial: eres familiar para mi móvil. Me acerco el aparato a la oreja. Mi oído está en tensión, todo mi cuerpo en realidad, a la espera recibir tu voz balsámica para relajarse…


“Telefónica le informa: el número marcado no existe”


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3 respuestas

8 09 2008
Äfrica

Ay, madre!
Me identifico tanto con tu texto que casi me da vergüenza…

Un beso

Äfrica

13 09 2008
creactivo

Juan Valdés resbaló con los pingüinos y se partió la cadera. Tuve que montarme en el trasatlántico para llevarle con su familia. Descubrieron que era un agente doble.

Un beso desde Guantánamo.

26 05 2009
Cuervo Blanco

Descorazonador. Me angustia saber que he producido esta escena en una de las mejores mujeres que conoceré en mi vida hará unos pocos meses. En fin…

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