Fiebre

14 10 2008

La fiebre es espesa y atípica. Te sitúa con la conciencia en otra parte y abre una puerta al vacío en tu interior. Es daño, sabiduría y lentitud. Es dolor articular, como de querer morirte, y es pena de morirte solo. Con fantasías morbosas de que nadie se percate de tu muerte hasta que el hedor a putrefacción sea tan intenso que haga que los vecinos lo noten. Es un testamento que se escribe en un pañuelo de usar y tirar. Es una tragedia que a todo el mundo le encanta interpretar de vez en cuando.

La mujer tiene fiebre y boquea como un pez en la orilla, hinchados el pecho y los ojos, tapada hasta el cuello con el edredón. A veces pienso en el estado febricular como una especie de nirvana que se alcanza por la penitencia de la enfermedad. El hecho de tener fiebre es como una droga que abotarga los sentidos, que te impide comunicarte con el mundo y por tanto te sumerge en el tuyo propio sin remisión. Es una heroína para timoratos.

La mujer tose y esputa, se pone de lado en la cama e inventa caras de dolor supremo nunca vistas con anterioridad. Se frota codos y rodillas, como si quisiera mitigar un dolor. Se pone una mano en la frente y sus ojos maquinan una estimación de a cuántos grados centígrados puede haber subido su temperatura corporal. Seguramente recuerde voces ajenas que hablan sobre implosiones cerebrales, sesos hervidos y baba en la comisura de los labios para el resto de la vida o una abuela con doctos consejos sobre la ingestión de alimentos calientes o un doctor aconsejándole que beba mucha agua. Coge un termómetro antiguo, de los de mercurio, y se lo mete en la boca. Durante unos minutos, se la oye respirar costosamente coreando los ruidos de vida cotidiana de sus vecinos porque no suele estar en casa a esas horas y menos metida en la cama receptiva al mundo derredor. Le sorprende distinguir hasta el ruido de la bofetada que el padre le propina al hijo en la habitación que colinda con el cabecero de su cama. Reconoce el ruido de la cuna sobre su cabeza porque el bebé de arriba está inquieto. Se retira el termómetro de la boca y lo mira al trasluz con ojos miopes.

Entonces se incorpora, su cabeza se ha ido a vivir dentro de una pecera y los ruidos no llegan sólo amortiguados sino lejanísimos y distorsionados, como un efecto Doppler que no evoluciona. Se envuelve en una manta que, desde aquí, parece suave y se encamina a la cocina. Con movimientos terriblemente lentos (que desesperarían la paciencia de cualquier eventual espectador) pero que, de seguro, en su cabeza deben ser trabajosos y falsamente hábiles, pone agua a hervir en un cazo de tamaño pequeño.

Tan pronto como el agua ha empezado a borbotear con su característico sonido reminiscente de cavernas, ha volcado un sobre amarillo sobre ella y se ha puesto a remover con parsimonia. Cuando el agua, ya de color beige, rompe a hervir de nuevo, la vierte en un cuenco. Como a cámara lenta pero tosiendo en tiempo real, se apoya un instante en la encimera del color de la manta. Parece que intentara fundirse con el paisaje, pasar desapercibida, porque las cosas no sufren, no son seres dolientes como su cuerpo es ahora. Sin embargo, respira hondo, coje el recipiente y se va al salón.

El teléfono móvil se ilumina intermitente anunciando una persona que quiere entablar una conversación con ella. Lo ha silenciado. No debe querer hablarle a nadie con su voz de ultratumba. Pone cara de disgusto cuando se asoma a la pantalla para ver quién es. Pero no descuelga y al desplomarse en el sillón, el disgusto torna en alivio, como el caminante que se desprende de una pesada mochila con la que carga desde hace kilómetros. La mujer sopla la sopa, no se atreve a acercar los labios al líquido que humea y devuelve el cuenco a la mesa.

La televisión chilla con sus colores llamativos de mundo moderno allá en el exterior, en ninguna parte. Todo parece doloroso para la mujer enferma, que tiene cara de pena, de levantarse muy temprano y de ampolla en el talón. El teléfono, que se había cesado en sus alharacas luminosas hacía ya unos minutos, vuelve a iluminarse. La mujer suspira y lo atiende. La enfermedad a veces lo hace a uno débil, queremos pensar. La necesidad de que a uno lo cuiden en dicha coyuntura suele ser una justificación suficiente. Creo que nos convertimos un poco en bebés pero eso no lo he contrastado todavía.

- ¿Sí?

- …

- Mal. Noto la fiebre subiendo, me arden los ojos. Me duele la cabeza y las articulaciones.

- …

- Bueno, todo ha sido muy rápido. Esta mañana no estaba tan mal, pero el descenso ha sido vertiginoso. No debo tener las defensas muy dispuestas.

- …

- Hay quien dice que la enfermedad aparece como síntoma exteriorizado por el cuerpo para obligarte a detener tu inercia. Así que igual lo aprovecho…

- …

- Venga, luego, si sigo viva, te llamo, ¿vale?

- …

- Ya, joder, sé que sólo es gripe. Pero no me quites el placer de dramatizar un poco…

- …

- Igual. Que te diviertas. Chao.

Claro, ¿quién no ha sobrevivido a una gripe?


Acciones

Información

Un comentario

19 10 2008
jordim

La fiebre es jodida, te da igual todo y todo te molesta..

Deja un comentario