Me enamoré de Joe Henry

1 06 2009

Ojeo de vez en cuando las páginas web que venden entradas. No son muchas, así que el proceso es rápido y no demasiado frecuente. Mediante esta operación, consigo enterarme (a veces demasiado tarde) de conciertos y similares escasamente promocionados por dirigirse a un público mucho más reducido de lo que sería rentable. Así pues pudimos disfrutar de que Cuchillo ofreciera un íntimo recital en el Café de La Palma en Enero, de que This will destroy you agotara entradas gracias al boca a boca y de que Brett Dennen se paseara por la capital con su buenrrollista “Darling, do not fear” deleitando a unos pocos en la sala El Sol hace sólo unos días. Estos son los conciertos que para alguien que ame la música se hacen verdaderamente apasionantes. En recintos pequeños, con una buena acústica, para un público gourmet y tremendamente entregado es como se disfruta de veras la emoción de que un intérprete lo agasaje a uno con su mejor repertorio.

Con este encuadre, peleando a la contra de los futboleros ánimos que esperaban la Champions League en un bar o en su propia casa, entramos en el Teatro Lara el pasado 27 de mayo. Tengo un especial afecto por los conciertos que se ofrecen en teatros pequeños como este. Anticipan momentos de privacidad casi románticos. El patio de butacas está a medio gas. En el cuadrante derecho se sitúan todos los medios (grandes cámaras de fotos, pañuelos al cuello, miradas petulantes y muchas manos estrechadas). En el izquierdo todos los que hemos abonado religiosamente el coste de la entrada (nada económico pero hay a quien compensa; ése es otro cantar). Sobre las tablas, un decorado sencillo pero efectivo. Se recrea una suerte de vertedero abandonado o garaje algo destartalado. Un piano, dos guitarras, la batería y un contrabajo aguardan pacientemente que una mano aparezcan para hacerlos estallar.

Casi al mismo tiempo que el partido, Joe Henry salía al escenario. Tenía el aspecto de un científico atolondrado, con un peinado que recordaba vagamente a la cabeza borradora de Lynch y se dirige al público para pedir disculpas y agradecer la presencia de los que estábamos allí (no más de 60 personas en total). A partir de ahí, dieron comienzo dos horas que llenaron la sala y el pecho de los que le mirábamos embobados mientras hacía de las suyas.

Henry al piano, Piltch al contrabajo y Bellarose a la batería

Dos horas para las que las palabras apenas si sirven a la descripción de algo tan intangible como el nudo en la garganta, la sonrisa bobalicona. La hipnosis colectiva de esta voz que recuerda al primer Tom Waits (quizá también algo a Leonard Cohen) es difícil de olvidar; como tirar una pelota de goma en una habitación cerrada: se queda reverberando contra todas las paredes. Era imposible no enamorarse tiernamente de su boca al forzar el gesto, de sus manos sobre el piano o de su timidez al agradecer nuevamente que la platea le pidiera un segundo bis en su primera actuación en Madrid.

Mr. Henry

Promocionaba su último disco “Civilians” y de él extrajo buena parte de los temas que cantó: “You scared me to death”, “Time is a lion”, “Civil war”, “You can’t fail me now”, “Love is enough” o la inmensísima “Our song”. Sin embargo, le agradezco que echara la vista atrás para cantar “Stop”, de su anterior trabajo “Scar”. Esta canción es una versión de “Don´t tell me” de Madonna (es su cuñada), hermosísima y dolorosa que apareció en un capítulo de Los Soprano y con la que cierro de manera inmejorabe esta enhorabuena personal a los que tuvieron el buen gusto de programar a este estupendo artista dentro del Festival de Guitarra de la comunidad.


Acciones

Información

2 respuestas

1 06 2009
diegoista

Secundo todo y te felicito por tan notable reseña.

16 06 2009
jorge

De vez en cuando entro en tu blog y saco algo nuevo que aprender o algo nuevo que me gusta…lo último Joe Hendry…no puedo más que dar las gracias…besos desde la meseta

Deja un comentario