El 147

2 07 2009

Aquel podría haber sido nuestro bar de cabecera. Igual que uno tiene médico de cabecera al que va cuando se siente regulín o libros de cabecera a los que acude cuando le atormenta algún desconsuelo emocional, pues también hay que tener un bar de cabecera que resuelva (o al menos amortigüe) cierto tipo de conflictos. El bar que mis entrañas habían elegido se llamaba “El 147″ por el nada original motivo de que estaba en el número 147 de la calle. Me pillaba de paso en el camino al trabajo. Dos veces al día. Siempre miraba dentro al pasar, como con envidia o melancolía, incluso algo de verguenza si alguien me pillaba curioseando. Pero nunca me atreví a entrar. Como uno no se atreve a entrar en las tiendas muy pequeñas o en las que se venden cosas que se escapan a las posibilidades económicas de uno. Eso sí, me parecía perfecto para urdir planes de dominación mundial en la mesa de la esquina, para emborracharse de la manera más tonta acodado al fondo de la barra o para leer el periódico con un cortado antes de empezar la jornada.

Un día pensé entrar pero había quedado y casi llegaba tarde, así que lo dejé para otra ocasión.

Aquel podría haber sido nuestro bar de cabecera y no es que el bar tuviera un glamour especial; de hecho, siempre me pareció más bien tirando a cutre. Con jarra para las propinas y camarero vestido de camisa blanca y pantalón negro. Pero es bien sabido que es en esos lugares donde uno puede ver el fútbol más a gusto espoleado el ánimo por los parroquianos de toda la vida que hacen rimas jocosas sin gracia. ¿Qué más da que a mí el fútbol me la traiga floja? Yo sólo querría sentir esa hermanación espontánea y algo hortera que se diluye con el pitido final pero que se mantiene fluyendo como una corriente subterránea cuando te cruzas ocasionalmente por la calle con alguno de esos compañeros de fatigas domingueras. El saludo sería un visto y no visto, casi un santo y seña de alguna logia secreta, un movimiento de cabeza raudo y serio. Querría las carcajadas brutales y las palmadas en la espalda con más fuerza de la esperada, el himno atronando en el descanso, querría el barro de serrín, cenizas y palillos en mis suelas y querría mis tapas abandonadas por ser lo único que no puedo comer de todo el bendito bar (intolerancia a las aceitunas, quién se lo cree). Querría la sensación de pertenencia, de ser esperado, de patada en el culo cuando el dueño tuviera ganas de cerrar y yo, sin embargo, de otra caña más.

Otro día también pensé entrar pero algo que había comido me había sentado mal y sólo tenía ganas de llegar a casa, así que lo dejé para otra ocasión.

Aquel podría haber sido nuestro bar de cabecera, donde llorar los puñetazos que le daría  mi jefe y que, de tanto silenciarlos, se me van a convertir en un tumor. Maligno, claro. Allí organizaríamos inesperadas carreras hacia la embriaguez aflojándonos el nudo de la corbata y el botón del cuello de la camisa. Conocería los nombres e incluso algún apodo de los que recalaran habitualmente y me dirían “raro” a veces. Raro porque me gustaría frecuentar el bar también a solas con un libro o un periódico que no leería pero que serviría de parapeto para hurgar en las conversaciones de aquellos desconocidos cuyo tono se prestara a la intromisión. Y el camarero me pondría lo de siempre sin pedírselo, porque ya sabría. Esa emoción de “lo de siempre” me pondría los pelos de punta cuando estuviera sensible. Alguien me llevaría hasta el portal de mi casa cuando no pudiera hacerlo solo. Los amigos que aún no tengo me esperarían ahí al salir de nuestros respectivos trabajos y siempre podría asomarme a los cristales (como ya hago) con la seguridad de encontrar una cara conocida dentro con la que echar un rato. No serían necesarias cuadraturas del círculo en complicadísimas agendas porque cada cual echaría un rato con gusto y no como obligación. Y cuando no hubiera nadie, me querría dedicar a sonsacar al camarero sobre las miserias de éste o áquel que vienen de vez en cuando. Él mismo me contaría de su azarosa vida y por qué acabó en un lugar como ése.

Un día que pensé entrar la verguenza me pudo otra vez, así que lo dejé para otra ocasión.

Aquel podría haber sido nuestro (un nuestro de gente por venir, por conocer, de la que encariñarse, a la que detestar, a la que poner a parir entre dientes) bar de cabecera si no fuera porque espié lo que había tras los cristales durante años sin entrar. El día que decidí entrar a toda costa e iniciar mi nueva vida, al pasar vi el cartel de “Se traspasa” y fue como si efectivamente hubieran cerrado mi bar de toda la vida.

nuestro bar

Bar La Terraza - La Latina (Madrid)





Me enamoré de Joe Henry

1 06 2009

Ojeo de vez en cuando las páginas web que venden entradas. No son muchas, así que el proceso es rápido y no demasiado frecuente. Mediante esta operación, consigo enterarme (a veces demasiado tarde) de conciertos y similares escasamente promocionados por dirigirse a un público mucho más reducido de lo que sería rentable. Así pues pudimos disfrutar de que Cuchillo ofreciera un íntimo recital en el Café de La Palma en Enero, de que This will destroy you agotara entradas gracias al boca a boca y de que Brett Dennen se paseara por la capital con su buenrrollista “Darling, do not fear” deleitando a unos pocos en la sala El Sol hace sólo unos días. Estos son los conciertos que para alguien que ame la música se hacen verdaderamente apasionantes. En recintos pequeños, con una buena acústica, para un público gourmet y tremendamente entregado es como se disfruta de veras la emoción de que un intérprete lo agasaje a uno con su mejor repertorio.

Con este encuadre, peleando a la contra de los futboleros ánimos que esperaban la Champions League en un bar o en su propia casa, entramos en el Teatro Lara el pasado 27 de mayo. Tengo un especial afecto por los conciertos que se ofrecen en teatros pequeños como este. Anticipan momentos de privacidad casi románticos. El patio de butacas está a medio gas. En el cuadrante derecho se sitúan todos los medios (grandes cámaras de fotos, pañuelos al cuello, miradas petulantes y muchas manos estrechadas). En el izquierdo todos los que hemos abonado religiosamente el coste de la entrada (nada económico pero hay a quien compensa; ése es otro cantar). Sobre las tablas, un decorado sencillo pero efectivo. Se recrea una suerte de vertedero abandonado o garaje algo destartalado. Un piano, dos guitarras, la batería y un contrabajo aguardan pacientemente que una mano aparezcan para hacerlos estallar.

Casi al mismo tiempo que el partido, Joe Henry salía al escenario. Tenía el aspecto de un científico atolondrado, con un peinado que recordaba vagamente a la cabeza borradora de Lynch y se dirige al público para pedir disculpas y agradecer la presencia de los que estábamos allí (no más de 60 personas en total). A partir de ahí, dieron comienzo dos horas que llenaron la sala y el pecho de los que le mirábamos embobados mientras hacía de las suyas.

Henry al piano, Piltch al contrabajo y Bellarose a la batería

Dos horas para las que las palabras apenas si sirven a la descripción de algo tan intangible como el nudo en la garganta, la sonrisa bobalicona. La hipnosis colectiva de esta voz que recuerda al primer Tom Waits (quizá también algo a Leonard Cohen) es difícil de olvidar; como tirar una pelota de goma en una habitación cerrada: se queda reverberando contra todas las paredes. Era imposible no enamorarse tiernamente de su boca al forzar el gesto, de sus manos sobre el piano o de su timidez al agradecer nuevamente que la platea le pidiera un segundo bis en su primera actuación en Madrid.

Mr. Henry

Promocionaba su último disco “Civilians” y de él extrajo buena parte de los temas que cantó: “You scared me to death”, “Time is a lion”, “Civil war”, “You can’t fail me now”, “Love is enough” o la inmensísima “Our song”. Sin embargo, le agradezco que echara la vista atrás para cantar “Stop”, de su anterior trabajo “Scar”. Esta canción es una versión de “Don´t tell me” de Madonna (es su cuñada), hermosísima y dolorosa que apareció en un capítulo de Los Soprano y con la que cierro de manera inmejorabe esta enhorabuena personal a los que tuvieron el buen gusto de programar a este estupendo artista dentro del Festival de Guitarra de la comunidad.





Que tengas buen viaje…

11 05 2009

… y que la tierra te sea leve.





La fina línea entre la genialidad y la locura

4 05 2009

Si uno tuviera el hermoso poder de fabricarse un sueño como quien monta una mesa del Ikea, seguramente querría tener algunas piezas a mano.

- lo primordial, el motor de nuestra aventura, sería una lejana, utópica y, por qué no, delirante fantasía en que poder concentrar los esfuerzos. Entre los humanos es habitual el deseo de volar, quién sabe cuál será el motivo.

- querríamos disponer de herramientas para ensamblar la estructura de nuestro sueño: unos pocos pero leales amigos; quizá una pareja cuyo amor y admiración fuesen tan incondicionales como su propia desmesura; algunos acólitos que persigan también una vida de utopías. Un pequeño grupo de concienzudos enamorados del cielo.

- buscaríamos una ubicación irrepetible en la que poder enmarcarlo. Podríamos elegir la catedral de Notre Dame (en París), el puente del puerto (en Sydney) o quizá las Torres Gemelas (desaparecidas ya, en Nueva York) y hacer de nuestro sueño algo realmente único.

- tendríamos paciencia y seríamos testarudos porque, incluso en sueños, aparecen los obstáculos y, a menudo, tienen pinta insalvables. Eso sí, vendría un señor de oníricos bigotes de puntas retorcidas a ofrecernos una solución.

Uniríamos todas las piezas y tendríamos un bailarín que coquetea con el vacío, que se desliza, arrodilla o acuesta sobre una masa de aire que lo sostiene. Quizá, si éste hubiera sido mi sueño, también hubiese querido que la música la hubiera puesto Michael Nyman. Éste fue el sueño de Philippe Petit y se puede disfrutar de su deliciosa proeza en “Man on wire”. Y aunque las ensoñaciones son siempre más dulces cuando permanecen en secreto, cuando no vienen los hombres de gris a despertarte con sus estipulaciones, la visión de este sonámbulo de las alturas conmueve una fibra difícil de alcanzar.

 

Hay una fina línea que separa genialidad y locura





herme(néu)tica I

30 04 2009

2. f. Arte de interpretar textos, especialmente el de interpretar textos sagrados.

Palabra de Dios. (los feligreses corean “te adoramos, señor” como un rumor zombi) a mí parece todo un poco sectario o como una clase de aerobic (arriba, abajo, genuflexión, arriba otra vez)

yo te echo de menos hasta cuando vienes a verme. te echo de menos hasta cuando estoy contigo porque ya estoy pensando en cuando te vayas. y es que cuando uno se come el momento presente, siempre se queda con hambre.

 

tentempié