Aquel podría haber sido nuestro bar de cabecera. Igual que uno tiene médico de cabecera al que va cuando se siente regulín o libros de cabecera a los que acude cuando le atormenta algún desconsuelo emocional, pues también hay que tener un bar de cabecera que resuelva (o al menos amortigüe) cierto tipo de conflictos. El bar que mis entrañas habían elegido se llamaba “El 147″ por el nada original motivo de que estaba en el número 147 de la calle. Me pillaba de paso en el camino al trabajo. Dos veces al día. Siempre miraba dentro al pasar, como con envidia o melancolía, incluso algo de verguenza si alguien me pillaba curioseando. Pero nunca me atreví a entrar. Como uno no se atreve a entrar en las tiendas muy pequeñas o en las que se venden cosas que se escapan a las posibilidades económicas de uno. Eso sí, me parecía perfecto para urdir planes de dominación mundial en la mesa de la esquina, para emborracharse de la manera más tonta acodado al fondo de la barra o para leer el periódico con un cortado antes de empezar la jornada.
Un día pensé entrar pero había quedado y casi llegaba tarde, así que lo dejé para otra ocasión.
Aquel podría haber sido nuestro bar de cabecera y no es que el bar tuviera un glamour especial; de hecho, siempre me pareció más bien tirando a cutre. Con jarra para las propinas y camarero vestido de camisa blanca y pantalón negro. Pero es bien sabido que es en esos lugares donde uno puede ver el fútbol más a gusto espoleado el ánimo por los parroquianos de toda la vida que hacen rimas jocosas sin gracia. ¿Qué más da que a mí el fútbol me la traiga floja? Yo sólo querría sentir esa hermanación espontánea y algo hortera que se diluye con el pitido final pero que se mantiene fluyendo como una corriente subterránea cuando te cruzas ocasionalmente por la calle con alguno de esos compañeros de fatigas domingueras. El saludo sería un visto y no visto, casi un santo y seña de alguna logia secreta, un movimiento de cabeza raudo y serio. Querría las carcajadas brutales y las palmadas en la espalda con más fuerza de la esperada, el himno atronando en el descanso, querría el barro de serrín, cenizas y palillos en mis suelas y querría mis tapas abandonadas por ser lo único que no puedo comer de todo el bendito bar (intolerancia a las aceitunas, quién se lo cree). Querría la sensación de pertenencia, de ser esperado, de patada en el culo cuando el dueño tuviera ganas de cerrar y yo, sin embargo, de otra caña más.
Otro día también pensé entrar pero algo que había comido me había sentado mal y sólo tenía ganas de llegar a casa, así que lo dejé para otra ocasión.
Aquel podría haber sido nuestro bar de cabecera, donde llorar los puñetazos que le daría mi jefe y que, de tanto silenciarlos, se me van a convertir en un tumor. Maligno, claro. Allí organizaríamos inesperadas carreras hacia la embriaguez aflojándonos el nudo de la corbata y el botón del cuello de la camisa. Conocería los nombres e incluso algún apodo de los que recalaran habitualmente y me dirían “raro” a veces. Raro porque me gustaría frecuentar el bar también a solas con un libro o un periódico que no leería pero que serviría de parapeto para hurgar en las conversaciones de aquellos desconocidos cuyo tono se prestara a la intromisión. Y el camarero me pondría lo de siempre sin pedírselo, porque ya sabría. Esa emoción de “lo de siempre” me pondría los pelos de punta cuando estuviera sensible. Alguien me llevaría hasta el portal de mi casa cuando no pudiera hacerlo solo. Los amigos que aún no tengo me esperarían ahí al salir de nuestros respectivos trabajos y siempre podría asomarme a los cristales (como ya hago) con la seguridad de encontrar una cara conocida dentro con la que echar un rato. No serían necesarias cuadraturas del círculo en complicadísimas agendas porque cada cual echaría un rato con gusto y no como obligación. Y cuando no hubiera nadie, me querría dedicar a sonsacar al camarero sobre las miserias de éste o áquel que vienen de vez en cuando. Él mismo me contaría de su azarosa vida y por qué acabó en un lugar como ése.
Un día que pensé entrar la verguenza me pudo otra vez, así que lo dejé para otra ocasión.
Aquel podría haber sido nuestro (un nuestro de gente por venir, por conocer, de la que encariñarse, a la que detestar, a la que poner a parir entre dientes) bar de cabecera si no fuera porque espié lo que había tras los cristales durante años sin entrar. El día que decidí entrar a toda costa e iniciar mi nueva vida, al pasar vi el cartel de “Se traspasa” y fue como si efectivamente hubieran cerrado mi bar de toda la vida.

Bar La Terraza - La Latina (Madrid)




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