Cicatrices

22 06 2008

 

Puedes inyectar colágeno o silicona en tus labios para que se vean carnosos y atractivos.

Puedes operar tus ojos para no tener que llevar gafas o usar lentillas para que sean del color que uno siempre consideró que sería ideal.

Puedes operar tu nariz, tu mentón, tus caderas o tu cintura para que se ajusten a la forma que estéticamente consideras apropiada.

Puedes aumentar o disminuir el  tamaño de tus senos o nalgas.

Puedes drenar las bolsas que subrayan tus ojos.

Puedes estirar tu piel para disimular las arrugas que forma al descolgarse.

Puedes adelgazar cuantos kilos te parezca conveniente.

Puedes pintar tu cara de cuantos colores se te ocurran.

Puedes eliminar las manchas que el paso del tiempo haya dejado como un rastro vital.

Puedes evitar que aparezca el vello en cualquier parte de tu cuerpo o someterte al tratamiento que propicia el crecimiento del mismo.

Puedes cortar, colorear, rizar, alisar tu pelo para modelarlo a placer.

 

Pero hay cicatrices que, por más que trates de esconder o camuflar, permanecen indelebles toda la vida.

La Mujer Biónica





Enhorabuena, es usted adulto

17 06 2008

 

¿Cuándo te das cuenta de que te has hecho mayor? Es un suceso casi fortuito. Estás un día con tus amigos de toda la vida, a los que ves desde hace años y con quienes compartes tus inquietudes desde siempre. Ese día, frente a una cerveza, ese amigo, esa amiga íntima te dice que está pensando en tener un hijo. Que ya tiene edad, que es el momento oportuno, que está con la persona adecuada. En es un instante como ése en el que te das cuenta de que ya no eres un Niño Perdido, eres un adulto en un mundo de fieras y has dado ese paso dentro de una transición tan lenta que ni siquiera has podido hacer nada por evitarla o luchar contra ella. No hubiera habido otro camino de todas formas pero darte cuenta de repente de dónde estás no lo hace más sencillo. Entonces lo piensas, miras hacia atrás y te das cuenta de que tu entrada en la madurez ha sido gradual pero no has querido verla. Tus conversaciones pasaron de orbitar en torno a las salidas del fin de semana a hacerlo sobre las hipotecas y las bondades de los contratos indefinidos. Tu familia no sólo no te sentaba en la mesa de los pequeños sino que te involucraba en sus diatribas y conflictos con cada vez más asiduidad, intentando que tomaras partido utilizando tu recién estreno criterio de adulto. Tus relaciones sentimentales pasaban por todos los estadios cada vez más rápido y dejando posos más indelebles de amargura cuando llegaban a su fin. Todas las señales estaban ahí, con sus luces brillantes y sus avisos acústicos, pero tú no querías verlas.

 

Te haces mayor aunque no quieras. Estás en esa edad límite, atrapado entre las camisetas con mensajes ingeniosos y las corbatas que usas entre semana para ir al trabajo. Atrapada entre las chapas que le pones a tu bolso los fines de semana y las faldas de tubo y las camisas que planchas los domingos por la tarde. Una edad en la que sabes que no podrías mantener un retoño porque ya llevas una existencia cercana a la pobreza pero en que los miras pensando qué aspecto tendría si lo tuvieras tú. Odias con tus entrañas el sistema pero pasas a formar parte de él contribuyendo con el descabellado alquiler que pagas por vivir en un piso en la zona de tus sueños. Te atemoriza comprometerte porque piensas que todavía quedan muchos trenes por coger y no quieres perderte ni una de las oportunidades que se te puedan presentar. Al mismo tiempo, cada ruptura te hace tener pesadillas con una vejez solitaria y no puedes evitar pensar en comprarte un gato que soporte tus neurosis.

 

Miras a tu alrededor. La gente que te rodeaba, con la que sentías que tenías algo en común han tomado caminos que no puedes comprender. O sigues la tendencia o te desmarcas por completo o te quedas al margen y te miran como si no quisieras asumir una verdad universal. Asumes o reniegas. Claudicas o presentas batalla. Pero en última instancia tan sólo se trata de crecer, del proceso normal de elegir la vida que quieres tener. O al menos de averigüar qué vida quieres llevar.

 

Y para esta generación malcriada, de estudiantes barbudos y alumnas de máster que rozan la treintena, de inexpertos trabajadores cuyo primer salario es la rúbrica de una expectativa desmesurada, la vida adulta le viene grande. Porque no sabe lo que quiere. No saben si seguir viviendo una post-adolescencia que ya huele a comida en mal estado o si adoptar el modelo según el cual vivieron sus padres y que se esmeraron en humillar a los cuatro vientos. No saben si dar la entrada de un hipoteca o irse un año más de vacaciones para ver cómo viven las personas de un lugar recóndito y lejanísimo en el que ellos nunca vivirían.

 

Antes hacerse mayor era algo indoloro. Estudiabas si tu familia te lo podía costear o tú podías contribuir de alguna manera, o trabajabas si eso era lo que tocaba. Novia, casa, hijos, casa en la playa… Había pocas variables, un camino de baldosas amarillas que te llevaba directo a la Ciudad de Oz, eras feliz y comías perdices. Aunque se te indigestaran. Ahora las alternativas son un bosque de fractales y, contra todo pronóstico, parece que tener más alternativas no lo hace más fácil. Sólo ha dejado al descubierto a una panda de indecisos que no sabe si lo quiere todo o no quiere nada.

 

 

La Mujer Biónica





El amor como adicción

9 06 2008

 

 

Te enamoras y te conviertes en un ser diferente. Técnicamente, enamorarse es, según el diccionario de la RAE:

1. tr. Excitar en alguien la pasión del amor.

2. tr. Decir amores ( requiebros).

3. prnl. Prendarse de amor de alguien.

4. prnl. Aficionarse a algo

 

…y parece bastante acertado. Es decir, un enamorado tiene “excitada” la pasión del amor (y la frasecita está rebuscada de cojones) por la persona idolatrada, se prenda, por tanto, de su amor y se aficiona a ella también. En una página que parece medianamente avalada por conocimientos científicos (el artículo está escrito por una sujeta que se autodenomina cirujana y terapeuta sexual) he encontrado la siguiente definición del enamoramiento en lo que a entorno cerebral y bioquímico se refiere:

 

 

 

 

Los científicos se encuentran intrigados por los cambios que se producen a nivel cerebral y que hacen que la persona enamorada cambie tanto. Lo que han encontrado es que el cerebro produce una cantidad elevada de endorfinas y encefalinas que son sustancias producidas por unas neuronas especializadas que se encuentran en la parte central del cerebro llamado hipotálamo en donde se llevan a cabo una serie de conexiones de neuronas encargadas de las emociones, memoria, aprendizaje, sueño, vigilia, hambre, entre otras cosas. Estas endorfinas semejan en su composición química a drogas como el opio y morfina, por lo que también reciben el nombre de opiáceos endógenos, otra sustancia que se secreta por el cerebro es la feniletilamina, que se parece a las anfetaminas (otra droga estimulante).

Entonces por lo tanto cuando aumentan en el cerebro dichas endorfinas, encefalinas y feniletilamina durante el enamoramiento la persona se siente sin hambre, ve todo “color de rosa”, está alegre, se siente entre las nubes, con alegría, vitalidad y muchas emociones positivas más.”

Y yo voy y me quedo con la impresión de que, lo de enamorarse, es casi como una especie de rollo para yonquis. Es un estado alterado de la conciencia, que tiene una fecha de caducidad relativamente efímera y que basa su acción en una explosión química que nos deja, por otra parte hechos polvo a la postre. Que también nos engancha, no nos olvidemos.

 

 

 

 

Entonces vas, te enamoras, te cuelgas de su pelo, de su olor, de la curva que dibujan sus labios cuando está concentrado, de cómo canta en la ducha una canción que le gusta, de cómo se le pone la carne de gallina cuando apenas le rozas un brazo. Te enganchas al sabor de sus flujos, a sus muletillas absurdas, a la música de su móvil y a la manera que tiene de apoyarse sobre una sola pierna cuando espera el ascensor. No puedes pensar en otra cosa que no sea mirar el móvil compulsivamente para ver si te ha mandado un mensaje, o si, como si de un milagro se tratara, se le ha ocurrido llamarte y tus musarañas han invadido ya tus conductos auditivos impidiéndote oirlo. Navegas por internet buscando lugares a los que te gustaría ir con él y ves todo el rato cosas que te mueres por contarle. Se te ocurren chistes y frases ingeniosas que querrías decirle, y borras unas ciento veintisiete veces el mensaje que finalmente, después de haber reunido valor suficiente, te habías decidido a mandarle. Sientes pinchazos en los dedos porque ya no sabes estar sin pasarle la mano por el pelo y se te seca la boca sólo de pensar que el momento del nuevo beso está cada vez más próximo.

 

 

 

 

Te has vuelto definitivamente gilipollas, porque lo único de lo que te sale hablar es de él, de lo que le gusta, de lo que hacéis juntos y de las cosas que pensáis hacer en el futuro. Y además, se lo cuentas a todo mundo, como si realmente pensaras que a alguien, aparte de a vosotros es posible que le interese lo más mínimo. Como si fueras el primero en experimentar un sentimiento tan pleno.

 

 

Porque, como menciona la cuarta acepción y como mencionaba yo, te has aficionado a esa persona. Se convierte en tu hobby. Inviertes en él todo tu tiempo libre, lo hipotecas a fondo perdido en pos de un sueño que te esmeras en dar forma. Descuidas las cosas que solías hacer si no puedes hacerlas en su compañía. Ya no quedas con nadie si no puedes ir con él. De repente, todo en tu vida orbita en torno a satisfacer una adicción que se retroalimenta si la otra persona está mínimamente en la misma situación. Más que aficionado, estás obsesionado, nada tiene sentido si no estás tocando su piel. Cuando tienes que separarte, empiezas a contar los minutos hasta que le vuelvas a ver. Ya no disfrutas como antes del resto de cosas que antes solían complacerte si la otra persona no anda cerca. Y buscas tu dosis como la buscaría, como decía antes, un yonqui. Sin importar la hora, las concesiones, la falta de orgullo o de dignidad.

 

 

 

 

Pero, ¡ah! ¿dura acaso la ensoñación eternamente? No, señor. Por cuestiones fisiológicas, nuestro cuerpo se hace resistente (o tolerante) a todas esas sustancias que nos hacen sentir tan mal y tan bien a la vez. Tras un período que oscila entre los 18 y 30 meses, se nos pasará el encantamiento. En alguna de las fuentes que he consultado, indican con muy buen juicio que, después del enamoramiento, la cosa ya va de sacrificio, aguante, cariño y, si se tiene muy mala suerte, hijos y otra serie de compromisos igualmente esclavizantes. Después de haber hecho concesiones, haber sufrido y gozado descontroladamente, te levantas un día y ves que la vida es un remanso de paz. Se han mustiado las mariposas de tu estómago y las cosas han perdido cierto brillo. Hay quien lo encuentra ideal y quien se queda esperando que vuelvan las antiguas sensaciones del principio y se convierte en un desgraciado. Y a mí me da en la nariz que esa búsqueda de la felicidad exultante en todo momento es la que ha hecho subir la tasa de divorcios y separaciones. Pero claro, para esta opinión poco formada, son todo intuiciones.

 

 

 

 

Así que después del subidón, te queda conformarte con lo que veas cuando se te caiga la venda o bien que busques otro camello. Al final, todo acaba reduciéndose a encontrar al mejor postor. Como casi siempre.

 

 

 

 

La Mujer Biónica

 

 





Voy a escribirte…

27 05 2008

A veces, las palabras de otros ya han dicho lo que tú querrías decir. Y cómo no te ves con presencia de espíritu para hacerlo mejor, sólo puedes parafrasear…

“Voy a escribirte la historia de mi cuerpo entre tus manos, de su ternura lenta que descifra mis jeroglíficos, que me desenreda sin esfuerzo, alisándome como una sabana recién planchada. Mis dedos llenos del deseo de tocar las estrellas.  Me siento caliente de lágrimas, de abrazos, de sangre, de protestas. Me siento contento con tu recuerdo que está lleno de mí, lleno de mi sudor, mi saliva, del olor de mi piel.

Te siento cantando, caminando, llevándome entre las manos; y siento tu mirada luminosa, transparente, su música, atravesando mis ojos con su color de tierra, de noche estrellada, de mar de cosas lindas, y eres mi amor, mi sabana, mi cama, mi almohada, mi cuaderno, mi pluma, eres tan real como estas ganas que tengo de reírme  por sentirte tan cerca, por  tenerte, por no tenerte, por haberte tenido, por hoy, por mañana por todos los días.

Hoy que no he visto el día más que a través de tu ausencia, uso el derecho que me has dado a la alegría, y olvido la palabra, para encontrar nuestra propia manera de entendernos. Y siento que me voy a morir de pensarte y quererte. Esgrimo oraciones como bandadas de aves, para traerte entera hasta mí, así, tal como eres, como yo te quiero, aún desde mi niebla, con todas tus queridas palabras, tus rabias, tus silencios inquietantes, la dulzura de tu mundo, en el que yo quiero estar presente, tus ganas de vivir, a dentelladas, tu ilusión de niña en víspera de fiesta, tu escondida tristeza, tu amor hacia todo, tu nobleza, tu querer y tu cuidar, tu miedo, y tantas cosas que el áspero papel no sabe recoger. Por eso en las mañanas, bebo toda la luz de mis pulmones, abro todas las puertas, pinto amarillas las risas de la casa, doy vueltas y vueltas, y salgo a tocarte a escribirte, a decir que no, que no hay cauce que arranque tu nombre de esta piel de tus días largos, y ya no recuerdo discursos contra mis débiles brazos, si los siento guardando la dimensión exacta de tu sueño abandonado, la transparencia de tus manos, tus suaves palabras en un papel, la sensación de dulzura en las mañanas.

Íntimamente conociendo que lo del uno es del otro cuando dos se pertenecen. Sin decir nada. Y mi cuerpo desde siempre parece haberte querido, haberte estado esperando. Y el próximo invierno, ya no se llevará lo que fuimos, porque cada vez despiertas acurrucada en mi espalda. Y ya no soy del agua.

Ya no me queda más que soñar. Ya has sosegado mi corazón, y has sacudido mis terremotos, ya he muerto de morirme, ya he salido del laberinto; cuando acaricio los rizos de tu pelo,  y me besas, y me tatúas de ruiseñores. Y me desperté al fin, y quise imaginarme que podría simplemente dejarme ir hacia ti. Pensé llegar de pronto, aparecerme, olvidar el tecleteo de la oficina, el teléfono, el tiempo, y estar mirándote‚estar mirándote como si nada en el mundo fuera más importante.

Hay días en que los brazos se me cargan de flores y mi piel huele a hierbas penetrantes, y busco prendas con tu aroma, que te traigan, y me descalzo, y me despeino, y pienso que todo esto es de locos, y me gusta. Entonces te nombro.

Voy a escribirte la historia de mi cuerpo entre tus manos.”

 

Gioconda Belli





Finales felices

14 05 2008

 

(publicado en 2007 en mi anterior blog…)

 

Más allá del arcoiris, está Dorothy enganchada a la heroína, con los brazos secos de tanto

pincharse, buscando el País de Oz en cada pico. Pobre, no sabe que su vida será en blanco y

negro para siempre.

 

Al otro lado del espejo, está Alicia, atada con una camisa de fuerza, esperando a la lobotomía

que la libere de las voces que la persiguen gritando “¡Que le corten la cabeza!”. Sus ojos

enajenados sólo reflejan las rosas pintadas artificialmente de rojo.

 

Buscando el País de Nunca Jamás en cada esfínter, Peter Pan viola a los niños perdidos

mientras el Capitán Garfio lo observa sentado en un sillón de orejas. Los gritos ahogados con

la mano en la boca son sólo la banda sonora.

 

Ricitos de oro devorada, como manda la justicia poética, por los tres osos hambrientos y cabreados.

 

Hansel y Gretel que gritan desesperados desde sus jaulas. Gordos como cerdos y sin la

inteligencia suficiente como para burlar la muerte segura. Por gula.

 

Los siete enanitos han echado la última palada de tierra sobre el ataúd de una Blancanieves

con la boca llena de manzana mientras el príncipe, que debía haber llegado a tiempo, se folla a

la madrastra en el castillo, se mira en el espejo y le pregunta: “Espejito, espejito, ¿quién es el

príncipe que la tiene más larga de todo el reino?”.

 

Cenicienta que sigue lavando a mano las bragas sucias de sus hermanastras porque el

príncipe se levantó con resaca y decidió hacer caso a su padre (para que dejara de gritar de

una vez) y casarse para establecer alianzas políticas.

 

A Bella se la come la Bestia en un arranque de pasión.

 

A Ariel el príncipe le dará palizas toda su vida hasta dejarle la piel tan llena de cicatrices que ya

no añorará en absoluto su escamosa cola de sirena. Las cortesanas tienen menos complejos de

inferioridad y gritan más en la cama.

 

… y la cerillera se muere en la calle.

 

… y Caperucita Roja nunca consigue superar el trauma de ver al lobo travestido de abuela y la

frigidez curva hacia abajo las comisuras de su boca.

 

…y la esposa de Aladino conocerá los rigores de un esposo árabe que no la considera persona.

 

…y quien conozca un final feliz que venga y me lo cuente.

 

 

 

http://es.youtube.com/watch?v=mfHlA3fmJG0