Te enamoras y te conviertes en un ser diferente. Técnicamente, enamorarse es, según el diccionario de la RAE:
1. tr. Excitar en alguien la pasión del amor.
2. tr. Decir amores ( requiebros).
3. prnl. Prendarse de amor de alguien.
4. prnl. Aficionarse a algo
…y parece bastante acertado. Es decir, un enamorado tiene “excitada” la pasión del amor (y la frasecita está rebuscada de cojones) por la persona idolatrada, se prenda, por tanto, de su amor y se aficiona a ella también. En una página que parece medianamente avalada por conocimientos científicos (el artículo está escrito por una sujeta que se autodenomina cirujana y terapeuta sexual) he encontrado la siguiente definición del enamoramiento en lo que a entorno cerebral y bioquímico se refiere:
“Los científicos se encuentran intrigados por los cambios que se producen a nivel cerebral y que hacen que la persona enamorada cambie tanto. Lo que han encontrado es que el cerebro produce una cantidad elevada de endorfinas y encefalinas que son sustancias producidas por unas neuronas especializadas que se encuentran en la parte central del cerebro llamado hipotálamo en donde se llevan a cabo una serie de conexiones de neuronas encargadas de las emociones, memoria, aprendizaje, sueño, vigilia, hambre, entre otras cosas. Estas endorfinas semejan en su composición química a drogas como el opio y morfina, por lo que también reciben el nombre de opiáceos endógenos, otra sustancia que se secreta por el cerebro es la feniletilamina, que se parece a las anfetaminas (otra droga estimulante).
Entonces por lo tanto cuando aumentan en el cerebro dichas endorfinas, encefalinas y feniletilamina durante el enamoramiento la persona se siente sin hambre, ve todo “color de rosa”, está alegre, se siente entre las nubes, con alegría, vitalidad y muchas emociones positivas más.”
Y yo voy y me quedo con la impresión de que, lo de enamorarse, es casi como una especie de rollo para yonquis. Es un estado alterado de la conciencia, que tiene una fecha de caducidad relativamente efímera y que basa su acción en una explosión química que nos deja, por otra parte hechos polvo a la postre. Que también nos engancha, no nos olvidemos.
Entonces vas, te enamoras, te cuelgas de su pelo, de su olor, de la curva que dibujan sus labios cuando está concentrado, de cómo canta en la ducha una canción que le gusta, de cómo se le pone la carne de gallina cuando apenas le rozas un brazo. Te enganchas al sabor de sus flujos, a sus muletillas absurdas, a la música de su móvil y a la manera que tiene de apoyarse sobre una sola pierna cuando espera el ascensor. No puedes pensar en otra cosa que no sea mirar el móvil compulsivamente para ver si te ha mandado un mensaje, o si, como si de un milagro se tratara, se le ha ocurrido llamarte y tus musarañas han invadido ya tus conductos auditivos impidiéndote oirlo. Navegas por internet buscando lugares a los que te gustaría ir con él y ves todo el rato cosas que te mueres por contarle. Se te ocurren chistes y frases ingeniosas que querrías decirle, y borras unas ciento veintisiete veces el mensaje que finalmente, después de haber reunido valor suficiente, te habías decidido a mandarle. Sientes pinchazos en los dedos porque ya no sabes estar sin pasarle la mano por el pelo y se te seca la boca sólo de pensar que el momento del nuevo beso está cada vez más próximo.
Te has vuelto definitivamente gilipollas, porque lo único de lo que te sale hablar es de él, de lo que le gusta, de lo que hacéis juntos y de las cosas que pensáis hacer en el futuro. Y además, se lo cuentas a todo mundo, como si realmente pensaras que a alguien, aparte de a vosotros es posible que le interese lo más mínimo. Como si fueras el primero en experimentar un sentimiento tan pleno.
Porque, como menciona la cuarta acepción y como mencionaba yo, te has aficionado a esa persona. Se convierte en tu hobby. Inviertes en él todo tu tiempo libre, lo hipotecas a fondo perdido en pos de un sueño que te esmeras en dar forma. Descuidas las cosas que solías hacer si no puedes hacerlas en su compañía. Ya no quedas con nadie si no puedes ir con él. De repente, todo en tu vida orbita en torno a satisfacer una adicción que se retroalimenta si la otra persona está mínimamente en la misma situación. Más que aficionado, estás obsesionado, nada tiene sentido si no estás tocando su piel. Cuando tienes que separarte, empiezas a contar los minutos hasta que le vuelvas a ver. Ya no disfrutas como antes del resto de cosas que antes solían complacerte si la otra persona no anda cerca. Y buscas tu dosis como la buscaría, como decía antes, un yonqui. Sin importar la hora, las concesiones, la falta de orgullo o de dignidad.
Pero, ¡ah! ¿dura acaso la ensoñación eternamente? No, señor. Por cuestiones fisiológicas, nuestro cuerpo se hace resistente (o tolerante) a todas esas sustancias que nos hacen sentir tan mal y tan bien a la vez. Tras un período que oscila entre los 18 y 30 meses, se nos pasará el encantamiento. En alguna de las fuentes que he consultado, indican con muy buen juicio que, después del enamoramiento, la cosa ya va de sacrificio, aguante, cariño y, si se tiene muy mala suerte, hijos y otra serie de compromisos igualmente esclavizantes. Después de haber hecho concesiones, haber sufrido y gozado descontroladamente, te levantas un día y ves que la vida es un remanso de paz. Se han mustiado las mariposas de tu estómago y las cosas han perdido cierto brillo. Hay quien lo encuentra ideal y quien se queda esperando que vuelvan las antiguas sensaciones del principio y se convierte en un desgraciado. Y a mí me da en la nariz que esa búsqueda de la felicidad exultante en todo momento es la que ha hecho subir la tasa de divorcios y separaciones. Pero claro, para esta opinión poco formada, son todo intuiciones.
Así que después del subidón, te queda conformarte con lo que veas cuando se te caiga la venda o bien que busques otro camello. Al final, todo acaba reduciéndose a encontrar al mejor postor. Como casi siempre.
La Mujer Biónica
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